jueves, 1 de enero de 2009

¿ACEPTAR Y CONFIAR EN EXTRAÑOS O NO?

Cae la tarde en este día 1 de Enero de 2009. El día se presentó soleado y con temperatura agradable. Poco a poco se van acallando los sonidos festivos, aún suena algún cohete. Las voces y murmullos de varios compartidos en las mesas festivas se han acallado y la casa retoma sus sonidos habituales. La familia ha descansado un rato y se ha levantado renovada, con ganas de realizar actividades compartidas. En ejercicio de la democracia se sometió a votación la actividad a realizar. Por cierto que no fue muy costoso deducir por unanimidad, recurrir a ver películas. Uno toma conciencia, entonces cuantas cosas posterga para el “después” por el exceso de actividades cotidianas. Estaban allí esperando ser elegidas, varias películas que se fueron comprando durante el año pero que no había tiempo de ver. Mientras se hacía la elección pensaba que el cine hoy estaba al alcance de una habitación, es decir, en el otro cuarto estaban los elementos tecnológicos necesarios para ver la tan ansiada película. Esto me transportó (todo mientras seguía el debate de que ver), a mi infancia en el que ir a la sala de cine era la salida de la semana esperada (tuve la suerte de ser asidua a espectáculos culturales variados). De pequeña era fan de Disney (aún lo sigo siendo) y genéticamente lo trasmití. Por lo tanto el lugar esperado de salida era el Cine “Los Ángeles” en Ciudad Autónoma de Buenos Aires para ver películas de Disney. La magia de sus dibujos aún me atrapa. Llegar hasta allí también era una aventura. Viajar en tren, cuando aún el Ferrocarril Roca era un transporte digno de seres humanos, encerraba y despertaba el espíritu de aventura. Recuerdo que mi padre no quería ir en auto pues era difícil de estacionar. (uhh!! Mi Dios! si el pobre viera lo que es la actualidad).Nos llevábamos la vianda (la chocolateada de “Cindor” y las “Manon”) y éramos una banda de purretes (los amigos del barrio) que ocupábamos toda una fila en el cine, incluidos mi papá y mamá. ¡Y a disfrutar! , ¡Allí empezaba la función! La “yapa” estaba en que por el precio de una entrada veíamos más de una película. La tarde era un agradable evento infantil y social. Pues nuestra escena se repetía con otros grupos. El cine lleno. Fin de la función. Todos salíamos regocijados por la tarde compartida y esperábamos ansiosos cuando íbamos a volver para la nueva premier.
Volviendo a la realidad. La decisión ya estaba tomada. La seleccionada había sido “la búsqueda implacable”. Una película no tan taquillera, ni con promesas de Oscar, pero que pintaba bien. Sus actores Lían Nelson, Maggie Grace Katie Cassidy , entre otros. Director, Pierre Morel. Película del año 2008.
Vaya elección!! Terrible película!!. Durísima y real. Todos quedamos cargados de tensión con ella. La conversación familiar en la cena tuvo como centro esta película.
Fue una excelente elección ver esta película con jóvenes adolescentes. El nudo en cuestión centraba en el viaje de dos jóvenes adolescentes a París con solo 17 años y solas. El primer planteo a reflexionar que hace la película, es lo peligroso que resulta ser cuando los padres divorciados no pueden ponerse de acuerdo con respecto a criterios comunes en la educación y formación de sus hijos. La brecha que muestra la película es clara. Madre que cree que autorizar a su hija a realizar ese viaje solo es criterioso y que la va a ayudar a madurar y el padre que piensa lo contrario y tiene recaudos de seguridad para ello. Por cierto que finalmente autoriza el viaje (si no hay película, jeje), pensando que eso la haría feliz como una forma de reparar culpas pasadas y presentes por ser un padre ausente durante mucho tiempo del crecimiento de su hija (vaya tema para pensar).
Finalmente y para no agobiar con el argumento, pues no es lo importante de esta nota, la niña viaja a París y es raptada por una mafia de Albania para ser drogada y vendida a la prostitución. La joven logra comunicarse con su padre, segundos antes de su rapto. Su padre sabe que cuenta con solo 95 horas para encontrarla caso contrario nunca más la vería.
El resto de la película no la cuento. Me centro en el debate familiar. Muchos puntos tuvo sobre el tapete. La responsabilidad de los padres para con sus hijos, la responsabilidad de los hijos de oír y hacer caso a sus padres. Si era cortar la libertad o no de los jóvenes el que un padre dijera que no a un viaje así con esa edad, etc. Finalmente no dejo de estar el tema del delito con respecto a la trata de personas, prostitución, drogas y sus negocios. Hasta algunas opiniones fueron extremadamente duras con respecto a como resolver la situación, y sobre la actitud del padre de la protagonista, con su ejercicio de la ley por mano propia.
Ya sobre el café final (antes de lavar los platos, uahh!! De la tareas domésticas, pocas veces me salvo), las reflexiones de mi hija, trajeron paz a mi espíritu. Es aún adolescente, con todos lo bríos propios de quien comienza a vivir, con la conciencia de sus momentos, tristeza y alegría se juntan en un solo segundo. Fue muy crítica en su análisis. Tomo conciencia de esa realidad, y sus palabras fueron sabias ¿Por qué tendría que hacer caso a un extraño del que nada sé, nunca vi en mi vida y no me relacionada nada con él? Creo que respiré. Aún es difícil entender que quizá pueda haber una excepción a la regla y que todas las personas no son igual y que puede haber situaciones en que los extraños sean nobles personas y solo tengan el altruismo de ayudar en un momento dado, pero creo que eso más que explicarlo es un proceso intuitivo que las personas van desarrollando a medida que van creciendo y viviendo.
Cuando ya de la mesa nos habíamos levantado y cada uno se encontraba haciendo sus cosas (en mi caso lavando los platos), pensaba que rápido crecen y que a pesar de todos los errores que como padres tenemos, el hecho de estar siempre juntos a ellos, de educarlos en la crítica, en la realidad por dura que sea, de enseñarle a vivir en democracia y ser libres de pensamiento , fundamentalmente brindarles amor y compartir su mundo a pesar que a veces se nos haga agobiador por nuestras propias tareas y no sea todo lo querido ni de la calidad esperada, da sus frutos.