domingo, 11 de enero de 2009

Crónicas Parisinas






Corría Julio de 2007. Nos levantamos temprano. Hacía solo unos días que habíamos arribado a la ciudad y nos esperaba un montón de descubrimientos y poco tiempo para quedarnos.
Desde el ventanal del departamento se podía ver las intersecciones de las dos esquinas en donde estaba ubicado. Nos encontrábamos en la calle Rue Eric Tabarly de la ciudad de Massy, cercano a París. Poco transito todavía, por lo tanto se podía apreciar las prolijas decoraciones realizadas en plantas, que eran recortadas formando figuras de animales perfectamente delimitadas. Todos desayunamos, pero teníamos destinos diferentes. Sin embargo dejamos el lugar y acompañamos al dueño de casa unas cuadras (se iba a trabajar, trabaja solo a muy pocas cuadras de su departamento) y nosotras seguimos viaje rumbo a vivir las aventuras que el día nos depararía en las calles de París. La despedida fue sencilla, pues habíamos acordado terminar el día todos juntos y cenando en París.
Nos dirigimos hacia la estación de Massy para esperar nuestro metro hacia la ciudad luz.
Fue una sensación agradable mezclarnos con personas muy diferentes a nosotros y con un lenguaje también diferente.
El tren salió puntual, viajamos cómodamente sentadas, y pocos usuarios parados. Disfrutaba profundamente este interculturalismo. Mientras observaba el exterior por el que nos íbamos alejando, también observaba a las personas que me rodeaban. Pronto pasamos por la estación internacional de los trenes bala que comunican con toda Europa. Era impactante ver esas moles de acero, pensadas aerodinámicamente para que puedan desarrollar velocidades de más de 320 Km. por hora. Se veía a las personas esperando en los andenes con sus bolsos o maletas prontos a abordar el tren que los llevaría a destino. La estación quedó atrás. De pronto los paisajes de casas amplias con jardines con hermosos estilos arquitectónicos, propios de las construcciones de 1920 0 30 en nuestro país, fue dejando lugar a construcciones más pequeñas y amontonadas, propias de las grandes urbes. Las estaciones se iban sucediendo y el exterior iba perdiendo importancia en mi interés, por lo que me focalice en el interior. Aún faltaba para llegar a la estación Notre Dame, punto clave de ensamble para todas las partes de París, que se encuentra dividida en áreas.
Quienes nos acompañaban, representaban diferentes razas y culturas. Los había nativos parisinos, extranjeros europeos, africanos y paquistaníes, entre otros. Los contrastes occidentales y orientales eran totalmente marcados, desde las vestimentas hasta las costumbres pasando por la socialización. Algo centro mi atención, el respeto que imperaba entre todos los pasajeros. Respeto que no implicaba interrelación, solo a mantener los espacios. Ya casi estábamos llegando, y una familia hindú capto mi atención.
El niño más pequeño de la familia (alrededor de cuatro años) clavo sus ojos negros en mi persona. De pronto me di la vuelta, sentí su mirada y me sonrió. ¡Que maravilla, pensé, no tenemos igual lenguaje pero igual nos pudimos comunicar! Cuando su madre advirtió la situación, temeroso corrió al niño de su lado. La historia quedó trunca, pues ya llegábamos, sin embargo el niño voltio su cabecita para mover su mano en señal de saludo, le respondí de la misma manera. Se abrieron las puertas del metro y un mundanal de personas se cruzaban por todos lados. Realmente era necesario un mapa de las líneas para no perderse. Al fin y al cabo tan complicado no fue pues solo teníamos que salir al exterior. De pronto el aire parisino, el ruido de la ciudad y la imponente catedral de Notre Dame ante nuestro ojos. Las piernas se me aflojaron, me parecía un sueño estar allí, fue un largo y soñado deseo. ¡Y ahí estaba, la ciudad a mis pies! Mi piel se inundó de sus olores y de sus sonidos. No tardé mucho en darme cuenta que era mi lugar en el mundo, me había atrapado de pies a cabeza. Mi acompañante me preguntaba para donde íbamos, pero no la escuchaba, todos mis sentidos se estaban inundando de esa ciudad. La verdad no había lugares específicos, solo era recorrerla. En días posteriores tendríamos un recorrido más ordenado. Comencé a mirar sus edificios, lo bello de sus arquitecturas, sus trabajos ornamentales de sus puertas o frentes, a sentir en mis pies los adoquines de sus calles, a mirar a su gente. Ver los gorriones y asociar a Edith Piaf. Fue caminar por la rivera del Sena y ver a los bohemios artistas ofrecer su arte y contemplarlos trabajando. Ver a su gente caminando sin apuro conversando animosa. Detenerme a mirar a las personas sentadas en los bares todas en una hilera alabando al sol y tratando de tomar un poco de sus rayos (es verano pero la temperatura no es superior a los 20 grados y el sol debilucho).
Seguimos recorriendo lugares. Fuimos al museo de Madame Pompidur. El estilo posmoderno de este museo eclipsa. Pasado el mediodía buscamos un lugar donde almorzar. El barcito elegido era pequeño y acogedor. Poca gente, casi todos extranjeros y algunos lugareños. No queríamos perder la oportunidad de probar los baguettes franceses, acompañado con cerveza alemana para mi y para mi acompañante, gaseosa.
Estábamos disfrutando de un almuerzo y se nos acerco una señora italiana muy amable preguntándome si la podía ayudar e indicarle cual era la orientación para llegar hasta el museo del Louvre. Mientras miraba el mapa por mi cabeza pasaba de que forma nos íbamos a comunicar, yo no sabía italiano, presumía que la señora no sabía español, solo quedaba que supiera ingles. Todos mis cálculos fallaron, solo sabía italiano. Allí descubrí otra cosa, el lenguaje de señas es tan válido como cualquier otro lenguaje y por cierto mucho más efectivo, me entendió muy bien.
Acabo nuestro almuerzo, pero previo deliberamos con mi acompañante como iba a seguir el tour. Había dudas, podría ser el museo del Louvre o las galerías La fállete. Definimos por el segundo. Preferimos caminar para seguir empapándonos de París. De pronto yo que era la guía me encontré con que me había perdido. Recurrimos a un policía que enfundado en un típico traje parisino de autoridad, muy amablemente escucho nuestra solicitud. Por cierto que mi francés es bastante lastimoso, algo mejor mi inglés. Creo que esta autoridad del orden comprendió mi falencia y lo empezó a disfrutar, no entendía mi champurreado y mal hablado francés. Desistí y retome mi dialogo en ingles. Vaya sorpresa, fue una ofensa. Comprendí que no había mucha simpatía entre franceses e ingleses y el esfuerzo que hasta ahora había manifestado por entenderme de golpe se desvaneció. Sabía que me había entendido perfectamente, pero lo tomo como una ofensa que le hablará en inglés, aunque yo fuera una extranjera. No me quedaban muchas alternativas. En un intento desesperado le hable en castellano y se aflojaron las tensiones y hasta me sonrió. ¡No solo logré que me orientara, sino que accedió a sacarse una foto con nosotros!
Llegamos a nuestro destino. Al ingresar la expresión fue buhahhhh! El edificio impactaba por donde se lo mirara. El refinamiento y el buen gusto era la relación inversamente proporcional que reinaba en el lugar. Una exquisita armonía entre este edificio histórico y las tiendas montadas en el lugar. Eso si solo disfrutar el lugar, los precios prohibidos para un proletario de la tiza como soy yo.
Se estaba acabando la tarde. El teléfono sonó. Nuestro anfitrión había concluido su jornada laboral y nos esperaba en un determinado lugar para comenzar una nueva aventura; un viaje por el Río Sena al caer la tarde. Esta aventura será para un nuevo relato.

1 comentario:

F. Fabian dijo...

Interesante relato...ponele una fotito..